lunes, 30 de mayo de 2016

Me da miedo.

Me da miedo la permanencia. 
Pero me da miedo la permanencia porque le tengo un pánico atroz a ese "para siempre" que es por obligación. 
Gente que se baña la boca hablando en futuro, mientras tienen a su lado, a alguien atado de pies y manos. 
Gente que no comprende que amar es volar, convertir a alguien en hogar pero nunca en cárcel. 
Ser pájaro sin jaula. 
Y cuando creas que alguien te quiere cortar las alas, salir huyendo por patas. 
Me da miedo la dependencia. Pero no esa dependencia que muchos piensan de "si se va, sentiré dolor", cómo no quieres sentirlo, si tu corazón al suelo han tirado, ahora que estabas con los pies lejos de la tierra: volando.
Cómo no quieres que te duela esa caída, si es volver a deshacer un puzzle que tanto logró montar. Superar y volver a montar. 
Me da miedo la dependencia que otro pecho tenga hacia mí, me da miedo ese sentimiento de "sin ti me voy a morir", me da miedo que no entiendan que siempre hay que seguir, que el amor es frecuencia, y una frecuencia tediosa es más monotonía que otra cosa. 
Me da miedo la rutina. Pero no esa rutina del beso de nuevas noches, de las palabras claves, de las mismas frases, de la película de siempre y el café de después. 
Me da miedo la rutina, esa rutina que oxida, que aniquila toda ganas de innovar, esa rutina que mata y que sin duda te hace matar. Esa rutina tan rutinaria de la que no puedes escapar y que, al final, tarde o temprano, quieres dejar atrás.
Me dan miedo tantas cosas, que a veces no sé por dónde empezar. 
Pero me gustan algunos miedos, porque te impulsan a caminar. 
Me gusta actuar con ese "tengo miedo" que mis piernas hace temblar. 
Porque así comprendo que los miedos se pueden superar. 
Y que pocas cosas ayudan tanto como el miedo a no avanzar.

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