Era una madrugada de esas en las que lo único que escuchas es el martillear de tu corazón, así, sin razón.
Os quiero confesar que cada noche, antes de irme a dormir, le leo un poco de Neruda porque así, los cristales que me rompen el alma, parecen más brillantes que nunca.
No he podido conciliar el sueño porque, cada vez que cierro los ojos, me estrello de pronto con él y su recuerdo. Os preguntaréis que quién diablos es él. Pues para que os hagáis a la idea:
Él es la canción desesperada que pone fin a los 20 poemas de Pablo.
Él es todas las golondrinas de Bécquer.
Él es el que se esconde en la trinchera con Sabina mientras afuera estalla la guerra más bonita del mundo, la del amor, digo.
Él es la persona que hará que la luna te sepa a poco y la vida te huela a pan recién hecho por eso de que justo en el espacio que hay entre su oreja y su clavícula están recogidos los mejores olores. Cuando os hablo de él quiero que lo imaginéis como el huracán que arrasaría vuestra vida pero, a la vez, a su paso, brotarían flores. Porque si algo es característico de él es que, aunque aparenta ser otoño, te traerá la más hermosa primavera.
Y, por último, deciros que si algún día os topáis con su sonrisa, como yo me topé, nunca le olvidaréis, Y esto me atrevo a elevarlo a verdad universal por eso de que hoy, justo hoy, mi universo sólo gira buscando sus versos y deciros que le echo de menos es solo el principio del cuento.
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