domingo, 18 de septiembre de 2016

Hay veces que me desespero, que no sé hacia dónde huir.
Veces en las que el paraíso, ni siquiera es paraíso, y todo es como un reflejo borroso de cualquier infierno.
Hay veces que camino menos de lo que freno y que, al final, sólo doy pasos hacia atrás y jamás logro avanzar.
Dicen que es bueno coger impulso para dar el salto, pero siento que me quedo flotando y nunca me gustó no tener los pies sobre la tierra.
Ya no me da miedo volar si no voy sujeta a la mano de alguien, pero me sigue dando más miedo el despegue que el aterrizaje. Y así voy.
Dando pasos hacia atrás en un intento de coger carrera pero siempre quedándose en eso, en intento. En palabras vacías que jamás terminan la frase. En cosas a medias. En medias cosas.
Hace tiempo alguien me llamó cobarde, me dijo que tenía que dejar de temer arriesgarme. Y yo siempre respondo que lo que más miedo me daba, por aquel entonces, es que alguien decidiese arriesgar conmigo.
Porque yo no temo al golpe, ni a la ruina, ni al desastre. Porque exijo una vida llena de caídas, de heridas.
Pero no me gustan las expectativas.
No me gustan que esperen algo de mí, porque jamás van a ver la realidad que ven mis ojos, y jamás van a comprender las escenas que suceden en mi cabeza.
Sólo quiero, que me den la mano, aquellos a los que yo ya le he tendido el brazo.
Hay veces que me desespero, que no sé hacia dónde huir, que no hay escaleras hacia el cielo y que no creo en mi porvenir. Hay veces, que no lloro pero casi, que grito de rabia estando en silencio, que todo es un tormento.
Hay veces que me escapo, me pierdo, y me encuentro.

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