"El día que pierda la sonrisa, será el día en el que realmente esté perdida."
Eso lo aprendí después de que volvieras y me dijeras que me habías encontrado siguiendo el sonido de mi risa, que fue tu camino de baldosas, el efecto mariposa que cambió tu vida.
Y yo no era más que otra persona de hojalata en busca de su corazón.
Soñé una y otra vez que todo fue porque un pájaro se lo llevó y yo no paraba de hacer paradas en pechos ajenos buscando el nido de aquel estúpido ser volador.
Me abandonaste lleno de motivos y yo nunca pude quitarte la razón del lado izquierdo, me llevé parte de tu sueño, también nadé por mares en los que otras de tus hipócritas sirenas habían nadado. No estuve a la altura y entiendo que jamás me dejaras remediarlo.
No dejé de sonreír, preferí seguir riendo y escribiendo, haciéndote inmortal para que consiguieras vencer a tu peor enemigo: el tiempo.
Que sí, que lo entiendo, que cada folio menos es un kilómetro más, que la distancia real comenzó con un beso.
Que agradezco que las segundas oportunidades no estuvieran en tu lista de la compra, que no me la merezco, que en el fondo sé que estaba de paso, que estábamos destinados al fracaso...
Pero no me pidas que no te escriba, que no rellene cuadernos sobre lo que pudo haber sido y yo no quise que fuera, sobre mi cobardía, mi manía de andar sobre mis pasos, de tomar atajos...
No me pidas que olvide un amor tan épico, porque no puedo. Porque te has vuelto tan eterno como Roma y todos mis caminos terminan en tu boca.
Mi salvavidas en el mar de dudas siempre fue un barco de papel y una pluma.
domingo, 18 de septiembre de 2016
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