Yo me enteré un día de que había crecido. No me enteré poco a poco, fue de pronto, como encontrarse una cascada de agua helada en mitad de la calle, fue como un golpe congelado en mi rostro. Así lo supe, ahí me enteré de que ya no era una niña y de que todo había cambiado.
No fue un martes, ni un domingo, creo que sería demasiado obvio si hubiera sido un lunes, creo que fue un miércoles cuando me di cuenta de que el reloj había acelerado sus latidos y de que yo había crecido. Supe entonces que no podría retroceder sobre mis pasos, que nunca volvería a vivir nada de aquello, que sólo podría revivirlo mirando al fondo del pozo de los recuerdos.
El día en el que crecí, no fue cuando di mi primer beso, no tiene nada que ver con ninguno de los "Feliz Cumpleaños" que había soplado, tampoco fue la primera vez que hice daño, o cuando me clavaron el puñal en el pecho.
No tuvo nada que ver con eso.
El día en el que crecí, no fue cuando entré en la Universidad, ni cuando me fui a vivir sola, ni en mi primer viaje, no sé si fue antes o después de nada de esto, pero ahí no fue. Tampoco fue cuando le conocí o cuando le dejé ir. Tampoco cuando regresó ni cuando me volvió a decir adiós.
El día en el que crecí no tuvo que ver con nada de eso.
El día en el que crecí, fue como tropezar, caer al suelo, y al levantarme ver que todo había cambiado, que el paisaje era totalmente nuevo.
Fue de pronto, tan rápido como un parpadeo, ninguno de los sitios que durante tanto años había visitado, donde hace tiempo había jugado, reído, bailado, soñado, eran los mismos.
Nada se había movido de su posición, pero todo parecía desordenado, el asfalto seguía siendo el mismo, los bancos seguían igual de rotos, los mismos árboles eran lo que frenaban el paso al sol, las pintadas de antaño asomaban tras capas de pintura sobre las paredes que me rodeaban. Pero todo se veía diferente, olía diferente, traía sabores diferentes, el viento no parecía acariciar de la misma forma y entonces lo supe: yo ya no era yo, sino otra.
Entendí que todo había quedado sepultado en aquellas cajas de cartón en la que guardo los dibujos, las cartas, las entradas de cine, los diarios, tantos textos. Entendí que esa etapa había pasado, y que no podía decir cuánto había durado.
El día en el que crecí no fue otro que el día en el que miré a mi alrededor y me di cuenta de que ya no había ningún lugar que pudiera bautizar como refugio, que nada era mío y que menos aún era un mío compartido de los que se terminan transformando en un nuestro.
El día en el que crecí fue el día en el que crucé la ciudad, de punta a punta, haciendo parada en todos los lugares en los que había reído hasta que me dolía la tripa, en los que había llorado hasta ser más papel mojado que persona, en los que me había deshecho y formado como si fuera un puzzle. Por todos los sitios en los que había creído vivir, aunque fuera un instante.
El día en el que crecí fue el día en el que comencé a sentir que mi estancia era un tren de paso por todos las estaciones en las que echaba el freno.
El día en el que crecí fue el mismo día en el que entendí que no toda mi soledad era elegida.
Ese fue el día.
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