sábado, 9 de julio de 2016

La noche...

La noche es el refugio para los oscuros corazones que ya no saben hacia dónde marchar.
Me escondo tras el filo de una espada manchada de sangre y escalo por los cadáveres de aquellos recuerdos que pudieron no serlo pero siempre lo serán.
No se callan las sirenas de amenaza conocida y a mí se me va la vida en cada suspiro que doy cuando te veo pasar.
Aquí no hay quien duerma y sueño que tu cadera me vuelve a pedir la guerra que ya no te puedo dar. Permanezco en la trinchera tan solitaria que ahora es mi cama y me da por pensar.
Conseguiste sincronía entre tu respiración y la mía y ahora siempre sé dónde estás.
Ahora no existe la opción de cruzar esa puerta y no mirar atrás porque sé que siempre esperaré, por si nos volvemos a ver.
Me volverás a encontrar leyendo en el mismo banco de siempre y entonces te vería y subiría cuantas escaleras fueran necesarias para llegar al cielo de tu boca, e inclinarme en las aristas de las ventanas de tus ojos.
Volverías a ser mi monumento, mi edificio favorito del que dejarme caer. Volvería a pasar allí el invierno, a ver cualquier atardecer.
Me dejaría la piel viendo una y otra vez el pestañeo de tus labios, evocando un saludo capaz de deshacer todos mis nudos.
Sé que entonces volvería a sentirme libre, que no tendría ningún dolor ni carga azotando mi pecho.
Que cortarías mis cadenas, que podría volver a alzar el vuelo.
Que me querrías libre y sería pájaro.
Sé que sólo bastaría un leve soplo de tu aliento para dejarme llevar por el canto de una brisa que no sabe a despedida. Sé que con eso bastaría.
Pero, por favor, no vuelvas.
No vuelvas porque si te vas tendré que volver a construir una montaña sin vida con lo que pudo ser y no fue.
Y te juro que no has vuelto, pero que ya sé que no estoy preparada para perderte otra vez.

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