domingo, 21 de marzo de 2021

Penitencia inmerecida.

 Hoy he vuelto a aquella habitación olvidada, de puerta oxidada y llena de polvo.

Mi alergia a la nostalgia llegó creando vendavales de ilusiones rotas. Respiré más fuerte de la cuenta y, como la vela de un cumpleaños, se apagaron los sueños hasta el año que viene. No sé si será la tristeza la que nos hace soñar o es el sentir lejano ese sueño lo que nos hace llorar. Pero, la realidad que siento es que un deseo sin un plan se convierte en un recuerdo y de imposibles ya tengo llenos los bolsillos. Hay días que duelen más que el marchitar de los girasoles, pero la vida continua aunque cese el canto de las golondrinas en la ventana, dando paso al llorar del viento que mece y libera los recuerdos para así pasar de página. Alguien me dijo alguna vez que algo que no duele ya no está y que lo que ya no está, no duele y no pudo estar más equivocado. Recuerda, dejar ir y vivir no significa olvidar. Pero lo cierto y verdad es que, para vivir, también hay que aprender a que hay cosas que deben doler en segundo plano. Hay heridas que nunca sanan y otras que por miedo al olvido, a la culpa o por penitencia inmerecida, no queremos que sanen. Pero tenemos que aprender a poner bálsamo y tirita y a entender que de nada sirve desangrarnos por un pasado que pasó y un futuro que no será de otra manera. Hay días que, versando a Elvira, me atrevo a decir que hay que dejar que la tristeza le gane la carrera a la paz de vez en cuando, pero ganar la carrera no significa obtener la victoria. Hoy el otoño asalta el lado izquierdo y yo abro las rejas para que vuelen las hojas (y los recuerdos). Las habitaciones olvidadas también hay que dejarlas respirar.

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