miércoles, 7 de diciembre de 2016

Dispara

Tus brazos eran manecillas del reloj y la sístole y diástole me recordaba el tiempo que me quedaba para quedarme atrapada dentro de tu pecho.
No sé, llegaste levantando huracanes con el vuelo de tu pelo, recordando a un mar inquieto, y creando tormentas de arena con cada soplo de tu aliento.
Qué quieres que le haga si tu ombligo siempre me parecerá el sur más bonito y perderme en el mapa de tu cuerpo, siguiendo tus puntos cardinales, siempre será mi puto vicio.
Cómo quieres que no tropiece con la misma piedra, si la cambias de sitio, y me siento jugando a la gallinita ciega desde que dijiste "¿Quién soy?"
Que sí, que andando voy, que nunca he sido de detenerme, pero no me pidas que no mire hacia atrás para recordar por qué no estás.
No me malinterpretes, me alegro de que te hayas ido aunque fuera como soltar la única cuerda que me sostiene sobre el vacío.
Fuiste la única excepción que no cumplió la regla.
Y aprendí que caer es cambiar la mira y conseguir apuntar al mundo de otra perspectiva.
Pero recuerda, si te equivocas, también aciertas.

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